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La azarosa limpieza anual desliza sobre la cama mi pasaporte azul. Caigo en cuenta que ya llevamos más de 1 año en Santiago. Ciudad fundada por Pedro de Valdivia y bautizada así, en honor al Apóstol Santiago, santo patrono de España. Éste fue el destino elegido por nosotros y por otros tantos, en esa porfiada búsqueda de una mejor vida. El sello plasmado en el documento de identidad me recuerda que llegamos el 29 de noviembre de 2016.

Luego de un poco más de 10 horas de viaje con escala en Bogotá, llegamos. Terminando el trámite legal en inmigración, procedimos a retirar las maletas. Primera parada, casa de cambio. Hacernos de la moneda local era fundamental para iniciar nuestro andar en tierras Chilenas. No sé porque repare en detallar los billetes, de 10 y 20 mil, en el primer billete había una figura de un señor de barba, que no había visto nunca antes, busqué su nombre y era Arturo Prat, eso tampoco me dijo mucho, pero en el otro billete identifique de inmediato la foto, pero por ser un país diferente, dudé. Busqué el nombre y si,  era quién creía, en la foto estaba Don Andrés Bello. Cómo balsero en pleno naufragio, decidí aferrarme a esa foto. Para mi, en ese momento, en ese contexto, eso solo significaba una sola cosa, esperanza.

Al llegar al mostrador del TransVip - Autos de transporte - pedí que nos llevarán a Santa Isabel 55, donde nos recibiría Patricia y su esposo. Una amiga venezolana, cuya madre y abuelos son chilenos, de esos que emigraron a Venezuela hace unos cuantos años atrás. Tenemos un profundo agradecimiento con ella y su marido, por su hospitalidad y por la ayuda que nos dieron, sin ellos, lo que hemos logrado no hubiese sido posible.

Ayude al conductor a organizar las maletas en el vehículo que nos llevaría al destino. Una vez ubicados, mi esposa y mi hijo, me senté en el asiento delantero. Con la ventanilla abierta sentía toda la brisa de la madrugada aliviando un poco el agotamiento del viaje. En un instante se humedecieron mis ojos y varias lagrimas cayeron en la autopista. Fue una sensación de pérdida y gozo al mismo tiempo. Como quien sabe, muy dentro de sí, que no hay marcha atrás. Es, al mismo tiempo un desgarre profundo y un nuevo encuentro. Aún siento que esa sensación es difícil de explicar. En pocos minutos, la exclamación papá mira!!!!! me hizo secarme las lagrimas y voltear a ver a mi hijo señalando una valla publicitaria de LEGO, su juguete favorito. Alcance a reírme y decirle, si mi amor, aquí te podemos comprar tus legos.

Al recostarme nuevamente en el asiento, no pude evitar recordar que tan solo dos semanas antes del viaje estábamos en la casa de mis suegros, en Venezuela, cuando mi hijo fue al cuarto a decirme que había un ruido en la parte de delantera de la casa. Él creía que se había metido un gato.

Me levanté y lo acompañé, al llegar a la cocina noté como se abría la puerta de la sala. Los que allí vivíamos, nunca usábamos esa puerta. Siempre se usaba la puerta que permitía el acceso desde el garaje a la cocina. Mi hijo tenía razón, había ruido, pero no lo causaron los tradicionales gatos invasores, eran causados por los tan temidos amigos de lo ajeno. Los saqueadores de casas que azotaban el sector de manera impune. Apenas pude atinar a colocar a Leo detrás de mi mientras los delincuentes, armados, se acercaron a nosotros y nos llevaron a un cuarto para neutralizarnos. En el mismo cuarto estaba una tía de muy avanzada edad. La suerte ya estaba echada, pensé, iban a saquear la casa.

Lo único que podíamos hacer era proteger la vida. Pero Dios es bueno, siempre bueno. Cómo milagro divino los delincuentes abandonaron la casa. En menos de cinco minutos, salieron corriendo como alma que lleva el diablo. No me explicaba que había pasado. Escuche repicar mi teléfono y al contestar era un vecino de la zona, el señor Pulgar, preguntando si todo estaba bien. Se metieron a robar la casa, exclame!!. Si!, yo vi un carro extraño frente a la casa, con la puerta abierta y me devolví. Cuando estaba llegando, ellos arrancaron. Me decía. Dios nos manda ángeles para ayudarnos. Y ese día, a Francisco Pulgar, lo envió Dios. Si no hubiese sido así, los ladrones habrían arrasado con todo. Sin Dios y Pulgar esto no hubiese sido posible.

Las primeras dos semanas en Santiago fueron cruciales, en ese período alquilamos nuestro primer departamento, de una habitación, sin muebles, solo cocina y baño. Y suficiente piso para un colchón inflable. De un solo ambiente, rezaba en el contrato de arrendamiento. Una vez instalados y con todas las indicaciones en la mano, iniciamos la búsqueda de la legalidad, del cambio de estatus. Y también, de la generación de ingresos en moneda local. Mi esposa se empleó para vender bebidas energéticas en los semáforos durante el día, mientras yo secaba platos en un restaurante durante la noche. Ninguno de esos empleos nos proporcionaba el ansiado contrato de trabajo para tramitar la visa, pero nos permitía generar ingresos para mantenernos. El objetivo era no gastar los pocos ahorros que trajimos, por el contrario era necesario producir. La primera en conseguir un empleo con contrato de trabajo, fue mi esposa y un mes después me toco a mi. En menos de noventa días, ambos teníamos permiso de trabajo y empleo. Gracias a Chile y a los Chilenos que nos tendieron la mano. Sin ellos, nada hubiera sido posible.

Nuestras primeras navidades acá, las pasamos en la casa de unos amigos, los hermanos Apablaza y sus esposas. También venezolanos, hijos de padres chilenos que emigraron en los años setenta. Sin duda alguna, ellos han sido un punto de apoyo extraordinario para nosotros, su calidez humana nos da fortaleza. Gracias Alexa, Juan, María y Pablo. Sin ustedes, su orientación y apoyo, esto no hubiese sido posible. Gracias por su amistad.

Ya pasaron poco más de trece meses desde que llegamos al país y durante el mes de diciembre, decidimos festejar nuestras segundas navidades en tierras australes. Cocinando para nuestros amigos. Una oportunidad para celebrarlos y agradecerles todo lo que nos han dado. Para agradecerles su ayuda o sencillamente su valiosa amistad.

Es imposible comparar el poco tiempo transcurrido con lo mucho que hemos ganado en la experiencia migratoria. Como todo en la vida, ha supuesto vivencias buenas y otras no tanto. Pero las agradecemos con el alma. Todas y cada una han dejado en nosotros huellas y aprendizajes maravillosos e imborrables. 

Un gran abrazo,

Luis E. Dávila J.